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   cuando oigo una voz tengo todavía el reflejo de girar mi cara hacia ella, mi cuerpo olvida que no puede ver; mi cuerpo es el zumbido insistente de una mosca que se da de topes contra la ventana

  más allá de esta silla está mi escritorio, cerca si extiendo el brazo y lo toco,  inconmensurablemente lejos si no lo hago; más allá de la puerta cerrada hay una sala y una cocina que existen solo cuando Javier hace ruido al ordenar; más allá de este apartamento está el pasillo del edificio que no existe ni existirá mientras yo continúe aquí sentado; ahora el afuera es mi acto de fe, la presencia que siento y no puedo constatar, por donde las cosas se mueven sin origen ni destino; el espacio se ha reducido a mi cuerpo

   ver lo que dicen los ojos de los demás

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