
en mis ojos maltrechos debe verse —bienaventurados los que ven— la niebla que habito, espesada por la niebla de mi padre, de mi abuelo, de mi bisabuelo, de mi tatarabuelo y así, rayón gris sobre rayón gris sobre rayón gris, mi oscuridad que empezó a reptar en espiral sobre mi cuerpo a los veinte años, con paciencia su cuello ancho tras mi cabeza, sus colmillos hincados en mis ojos, mi oscuridad y yo
hoy recordé que a ella le gustaba la hora de la tarde en la que la montaña se oscurece al contraluz del ocaso; cuando Javier terminó su jornada y se acercó a despedirse le pregunté si se veía la montaña por la ventana y me contestó que solo se veía su silueta; le pregunté también si el cielo estaba anaranjado, lo imaginé anaranjado; pero no, Javier dijo que era un cielo gris-sucio
sus tardes de jardinería; el olor a tierra húmeda que dejaba
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