
la ceguera es un viaje a la nada, largo en la frontera, empecinado en el límite entre ser y no
ver cómo se forman pequeños remolinos en un río tranquilo
con la ausencia de ella el silencio no se ha hecho mayor; al contrario: su voz y su peso acallaban los ruidos de la casa que ahora grita a sus anchas y cruje y gotea noches enteras
verla envejecer
la gente y las cosas se presentan con la intermitencia de las luciérnagas; sus olores, sus ruidos me atacan sin anticipo y desaparecen sin dejar nada en el vacío salvo el vacío mismo en el que todo se diluye: la gente que viene a verme, los pitos de los carros en la calle que pasan como formas trazadas en el agua; ella misma cuando aparecía y desaparecía en esta casa con el peso de su perfume, con el golpe de su risa
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