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  Todo el pueblo está afuera. Teodoro te coge de la mano y salen. La gente grita, se ríe, te lanzan palabras ofensivas y a él frases burlonas. Ves pancartas que anuncian el matrimonio del hombre con el eslabón perdido, del hombre con la mujer simio, del hombre con la bestia. Teodoro, que sonríe y saluda con la mano en alto, a tu lado se ve pequeño, un hombrecillo enclenque; tú, en cambio, fornida y templada, te ves capaz de someter a cualquiera de los machos que te gritan enfurecidos porque te has atrevido a salir a la calle, como si tu sola existencia fuera para ellos un agravio. Te sabes mucho más fuerte que todos y hoy, especialmente, te esfuerzas por no olvidarlo. Atrás encuentras a Estela ocupada con la cola del vestido que solo hasta ahora puedes ver extendida; mira hacia ti sin mirarte, como lo ha hecho siempre, con la mirada puesta en un punto imaginario que flota sobre tu cabeza. Te gustaría no volver a verla nunca.

  Desde el día que Teodoro estuvo en la casa has tenido la boca seca; ahora sientes pequeñas heridas en los labios, un regusto salado y el corazón que se azota contra el pecho. Sabes que estás en el punto en que la línea se quiebra, que a partir de hoy todo será distinto, y te permites acallar a la Julia de siempre que se repite la cantinela de que en este mundo no hay nada para ella simplemente porque es un mundo de otros, el mundo de la gente, que ella es la hormiga en el nido de las cucarachas; hoy decides acallarla porque, de una u otra manera, te dices, estás a punto de casarte y es posible, ¿por qué no? que llegues a tener la vida que tienen los demás.

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