Los días de viaje son tu único descanso. Sentada en la parte trasera de la carreta, entre las maletas y demás pertenencias de Teodoro, oyes cómo la distancia sepulta el pueblo donde te ha exhibido los últimos días, y sientes el aire del campo llenar poco a poco la carpa. Corres la cortina que cubre la entrada trasera y ves el camino recorrido que se apila en el pasado con los pasos de las bestias, con los chasquidos de Teodoro para arrearlas; árboles, hierba, animales, todo se acumula allá atrás, de dónde vienes. Los días de sol te gusta cerrar la cortina un momento para ver en la oscuridad el renglón de luz que entra por el hueco que tiene el techo de la carpa; ves un túnel cargado de polvo, un camino que asciende y quisieras ser polilla para seguirlo.
Son viajes de una o dos noches, tú no necesitas más para recuperar fuerzas, para convencerte a ti misma de que eres capaz de aguantarlo todo; la sola idea es algo parecido a una pequeña victoria, quizá por eso te gusta. Luego el siguiente pueblo comienza a anunciarse con el primer rebaño de reses, con los caminos empedrados, con el aparecer de voces humanas y su acumulación, y la tristeza te inunda y quizá ya no sea posible aguantarlo todo. Cómo acostumbrarte a las exhibiciones; ya no te aterran tanto como aquella primera vez y has aprendido a ausentarte mientras suceden, a mirar sin mirar, a estar sin hacerlo, pero no hay forma de acostumbrarse.
Teodoro lleva la carreta por todo el pueblo en busca del mejor lugar para exhibirte mañana y de un hostal con establo; él duerme en habitación, tú en una estera dentro de la carreta. Oyes la puerta del establo abrirse a la madrugada, sabes que es él y a qué ha venido.
Mañana amanecerás adolorida y todo más vacío.
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