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  Nunca serás humana aunque pienses y hables, aunque bordes tus propios vestidos y tus propios tocados, aunque te pongan un nombre, Julia, nunca serás humana. Eres la planta carnívora que se inclina hacia la luz en la repisa mientras los invitados caminan en círculo suyo sin atreverse a tocarla. Abres la boca para que vean tus dos filas de dientes, las encías prominentes. Teodoro es el único que te toca: te hala un mechón del pómulo, otro de la barba, otro del pecho que tendrás parcialmente expuesto para que los invitados puedan imaginarse el horror de unos senos cubiertos de pelo; los hala hasta hacerte gritar para que todos puedan constatar que no eres un engaño, que en efecto eres la abominación mayor, el peludo equívoco de Dios que permanece junto a la chimenea hasta que todos se han marchado.

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