Hasta hace unos meses, en la casa del gobernador, dabas la impresión, a pesar de la rudeza de tu aspecto, de lo simiesco de tu aspecto, de ser un algo frágil, constituido por hilos y a punto de desbaratarse por el viento; ahora tu mirada ya no es la misma, tus ojos son conchas vacías y es arena húmeda lo que evocas al verte, un interior rugoso, abrasivo y de color ocre oscuro. Quizá haber quedado embarazada te traiga un poco de bienestar; ya no tendrás que soportar más sus manos sobre tu cara y las cosas que te dice las noches que se mete a la carpa, del asco que te tiene, de lo que en realidad le gustaría hacerte, del hijo que le tienes que dar, cubierto de pelo y con una jeta como la tuya, mientras arremete contra tu cuerpo con odio y con una violencia que solo en esos momentos le has visto asumir, porque en ninguna otra circunstancia actúa de esa manera, tan desenfrenado y fuera de sí que logra perturbar a los caballos.
16