Ahora que tienes una barriga de ocho meses se ha sumado una silla a tus exhibiciones y puedes sentarte en ella el tiempo que quieras; no es un vientre puntudo, es una barriga ancha y chata, es una niña la que crece dentro tuyo; en cambio la medida de seguridad inútil y dramática de la cadena que te amarra al tobillo no ha variado. Las mil tácticas de venta que tiene Teodoro.
Hoy te han traído a una casa, a un enorme patio central rodeado de columnas; a una de ellas estás amarrada. Un par de invitados se acercan a mirarte, y para ausentarte imaginas a tu hija jugando en este patio un día de sol, rubia y de piel pálida, casi rosada. Sólo piensas en ella durante las exhibiciones y con el fin de distraerte; el resto del tiempo prefieres no hacerlo: es un vientre de ocho meses de miedo, un miedo de ocho libras que empuja hacia el suelo, es no saber quién está ahí adentro pero sí saber a qué viene. Uno de los señores le pregunta al otro por tu hija y este le responde que van a subastarla cuando nazca.
Eres una rama seca, y acabas de quebrarte.
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