top of page

  Alguna vez hubo en la casa del gobernador una gallina tuerta y enferma que nadie quería comerse y que pensaban matar en el cerro para que se pudriera allí. Convenciste a Estela y te permitió quedártela en tu caseta. La obligabas a comer y le ayudabas a caminar sobre tu cama; durante las siguientes dos semanas solo lograste alargar su martirio y al final murió por tus propias manos y en tus brazos mientras le hablabas de las flores que olería, de los pastos que la esperaban. Ahora tendrás una hija que alejarán de ti para que tenga más hijas. Una certeza profunda te penetra en el centro y se te clava en el vientre. Hay una enorme cadena de dolor en la que tú y tu hija son un eslabón a punto de cerrarse; reconoces su peso en tus muñecas, en tus tobillos, sobre tus hombros.

  La noche que murió tu gallina te escapaste al cerro y la dejaste sobre una piedra plana cubierta de musgo.

18

bottom of page