Pasas parte de la noche sacando toda tu ropa del baúl, agarras un vestido, lo desdoblas sin premura y lo miras, sales de la carreta y lo extiendes sobre el suelo, a un costado para que los caballos no vayan a pisarlo más tarde, el azul cielo de mangas bombachas, el blanco hueso de cuello alto en encaje; aprendiste a hacerlos a los 15 años, viendo a Estela, maldita Estela, que nunca quiso enseñarte; son lo único que ha sido tuyo y extendidos por el suelo, así reunidos, tienen algo de familia. Te vienen momentos de llanto y momentos de calma, los de llanto te arrollan, los de calma te anestesian; en tu cuerpo la desesperación se cuece a fuego bajo, se adensa y retiñe con las horas. Hace años te diste por vencida, eso lo sabes, pero no estás dispuesta a dar por vencida también a tu hija; habías pensado que podrías protegerla, que serías para ella la compañía y el refugio que tú no tuviste.
Es época de heladas; al sentir que la temperatura del aire disminuye caes en la cuenta de que empezará a clarear dentro de poco y que luego llegará el mozo del establo. Tienes que buscar la soga.
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