Terminas de desmontar la carpa y te quedas de pie en medio de las cosas de Teodoro, con los ojos fijos sobre un punto en el vacío durante varios segundos, repitiéndote involuntariamente frases tristes sobre el futuro de tu hija, y de repente reaccionas y vuelves a esta carreta, a la tarea de buscar la soga. Sabes que hay una, Teodoro la ha usado varias veces para arrastrar otras carretas en el camino; la encuentras detrás del cajón de las lámparas y te quedas con ella en las manos; otra vez se van tus ojos y tú tras ellos. Tu cuerpo se detiene, se suspende, como si tu mente lo apagara para que su movimiento no perturbe las imágenes que se obstinan en aparecer, de niñas que juegan alrededor de un árbol, lampiñas y alegres, a las cuales no logras verles el rostro. Pero tienes que concentrarte, apurarte antes de que alguien venga, abrir el portón del establo, ubicar la carreta bajo la viga, engrasar, hacer el nudo, volver a engrasar, lanzar sobre la viga, templar, meter la cabeza, apretar el nudo y restallar el látigo contra el piso de la carreta para que los caballos se asusten y echen a andar. Ves el tablado correr bajo tus pies, intentas un par de pasos hasta que el borde de la carreta finalmente aparece; te abrazas el vientre, abrazas a tu hija, pero tus brazos la sueltan cuando la soga se tiempla.
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