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  Ahora, quién podría creerlo, estás a punto de salir vestida de novia por la calle más ancha del pueblo para que un juez te case en la plaza. Tú, que llevas 10 años sin salir de la casa del gobernador porque Estela un día se negó a seguir siendo el centro de las miradas de la gente en el pueblo, tú, que de la casona solo tienes permitido recorrer la cocina y el patio donde está la caseta en que duermes, tú, que solo hasta en el último año te has atrevido a escaparte algunas noches para caminar por el cerro. No hace 15 minutos que ha escampado y ya empiezas a oír la gente afuera, muchas voces. Teodoro aparece en la puerta y te dice que hay que salir ya, antes de que vuelva a llover. El miedo siempre se te manifiesta entre la parte baja del pecho y un punto arriba del ombligo, la sensación de tener alojada allí una burbuja de hiel que gira informe dentro tuyo; hoy sientes que la burbuja te abarca de la garganta a las caderas.

  Antes de salir de la casa Teodoro te pide que te quites el velo de la cara. Tú le respondes que preferirías llevarlo puesto. La primera vez que le hablaste fue el día que lo conociste, solo porque el gobernador te pidió que te presentaras; esta es la segunda ocasión en que lo haces. Hablar no es lo que mejor se te da, casi nunca tienes ocasión de hacerlo, a nadie le interesa lo que puedas decir y la gente te da miedo; sin embargo en la última semana te has sorprendido a ti misma fantaseando con tener conversaciones con él en la cocina, sobre cualquier cosa, como las que tiene Estela con los proveedores; así que te reprendes porque sabes que esas son tonterías, que en realidad no quieres tener que hablar con Teodoro ni con nadie el resto de tu vida; lo que realmente quieres es una madriguera debajo de una cama donde poder ovillarte. No, no te lo pongas que la gente quiere verte –te contesta–; pero no me digas don, llámame Teo, que es mi nombre artístico.

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