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  Tienes 20 años cuando conoces a Teodoro; coge tus manos entre sus manos, tan suaves y lampiñas, mientras acuerda con el gobernador el precio por el que va a comprarte y le explica que piensa casarse contigo porque es la única opción legal para poder exhibirte. Es la primera vez que alguien te coge una mano, ¿contará esto como caricia? Sientes sus manos calientes y observas el modo en que le nace la barba bajo los pómulos y el color de sus ojos, verde opaco, como semillas de calabaza. El gobernador, visiblemente complacido ante la idea de que abandones su casa después de tantos años, dice que puede verte, y Teodoro te suelta las manos y levanta el velo que te cubre la cabeza. Te mira y lo miras, y aunque te sientes avergonzada no bajas los ojos. Teodoro sonríe profundamente satisfecho, vuelve a cubrirte con el velo y entonces tú también sonríes. No es solamente lo más cerca que has estado de un hombre, estos minutos en la sala del gobernador han sido los de mayor intimidad que has tenido con una persona. Que te toquen, que te miren, que te sonrían; nunca. La gente nunca te da nada, la gente no te considera gente, tú lo sabes. Al terminar la visita Teodoro se despide del gobernador y de su esposa y sus hijas con reverencias; antes de abandonar el salón se gira hacia ti, lo ves sopesar algo en su cabeza, darte la espalda y salir sin decirte nada.

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