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Fue temprano cuando en la plaza alguien gritó una frase, un sobrenombre que sentiste era para ti. En un instante todo se hizo claro. Entendiste. Esa mañana de cielo tranquilo, agarrada de la falda de Estela, el ama de llaves del Gobernador y a quien este encargara de tu cuidado cuando tuvo que recibirte en su casa, descubriste el cerco de púas que te separa de todos, levantado con cada pelo hirsuto de tu cuerpo, con cada hilo del velo que debías llevar en la calle, con cada uno de esos apodos que se pegan a tu cuerpo como pulpos húmedos y ventosos. En adelante serán tus nombres, Cara de Simia, Cara de Perra, Niña Babuina, las piedras que te resumen.
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