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   cuando llovía mi abuelo salía a cazar el mundo; decía que el sonido de la lluvia le revelaba paisajes: el goteo de una canaleta le indicaba una casa, y el estallido tenue o seco de unas gotas en el suelo la cercanía del césped, la forma del camino de piedra; el agua cayendo en las hojas del arbusto dibujaba un arbusto en la ceguera de mi abuelo; yo en cambio al mundo no lo cazo; él viene a buscarme trepado en el viento: las ventanas abiertas de mi casa me dejan sentir la forma de los muebles cuando el viento corre entre ellos y agita los papeles sobre el escritorio; es el viento el que actualiza este mundo que me rodea y que sólo sé de memoria; es el viento el que me trae la distancia del edificio al otro lado de la calle cuando lo embiste oblicuo y silba

   mi mano ya no tropieza con el estuche de su placa dental cuando busco mi cepillo de dientes

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  polvo en las pestañas, en el puente de mi nariz, apelmazado en las comisuras de mi boca, el pelo polvo todo; polvo como algas que cubren naufragios; en mi memoria el olvido se ha sedimentado sobre mi rostro y ahora, sin que yo entienda por qué, mi rostro de los veinte años en una vieja foto familiar es el yo que imagino cuando digo yo; no el rostro que conocí en los últimos reflejos antes de que se extinguieran, sino el de ese antiguo que aunque ya sabía de la herencia en la córnea, el iris, el cristalino, ignoraba que la ceguera también cubre la memoria

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